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Gernika

Veo en la tela que hoy se ha pre estrenado la peli de Gernika. Y para mi Gernika, no puede separarse de mi abuelo. De la historia oída mil veces, de cuando el bombardeo le pilló huyendo de la guerra y de la represión de los nacionales.
Y me recuerda que tengo pendiente escribirle para decirla adiós. Me cuesta esta post. Lo he empezado varias veces, y varias veces no lo he terminado.

Cuesta poner un punto final a una vida que me ha marcado tanto, que me ha significado tanto. Mi aitxitxa ya no está y me duele mucho. Me duele mucho. Han pasado casi dos meses y aunque sabía que el momento iba a llegar y me pude despedir de él, y liberar pesos de su corazón antes de que lo hiciese, me duele mucho decirle adiós. Él ya no está, y la amama tampoco, y me siento huérfana de historia, aunque haya oído la de Gernika y del bombardeo mil veces, pero ya nunca volveré a oírla, y no descubriré un nuevo detalle cada vez.
Quiero en algún momento escribir sus historias. La de él y la de la amama. Historias de represión y posguerra. Infancias marcadas por el hambre, el asesinato y la represión con toda su dureza por las ideas de libertad y respeto a la democracia y a los valores de la república, historias de hambre, de buscarse la vida trabajando (mal trabajando) desde bien chiquitos, y la vejez. Esa jodida vejez, marcada en los últimos años por la enfermedad.
Me imagino ese niño de ojos azules, escondido bajo un árbol mientras el ejército del aire de la legión Condor bombardeaba el pueblo en día de mercado y el dolor y la incomprensión al ver que el burro de la tía volvía sin ella. Imagino el dolor de ver y saber a su padre en la cárcel por defender del golpe de estado su tierra. Imagino su dolor, tener que ayudar a sacar adelante una familia con un padre que salió enfermo y solo a morir de aquella ciega. Y veo esos ojos azules al tenerme por primera vez en sus brazos. Esa foto, la primera que tengo con mi abuelo, me transmite seguridad. Curioso como alguien que ha tenido esa niñez, pueda transmitir a una niña de ojos marrones, la seguridad que el nunca tuvo.
Estaba orgulloso de haber podido ir algo a la escuela, de haber aprendido a leer y escribir, y hacer operaciones básicas. También se enorgullecía más que nadie de mis sobresalientes, dieces y matrículas de honor. No en vano, mis notas siguen por su casa, a la espera de que vaya a recogerlas cuando reúna las fuerzas para ello. Es curioso también, ese amor por aprender, que nos transmitió. Ese orgullo de clase, de saber de dónde vienes, y del valor de la educación como medio y fin de romper círculos de podredumbre.
Era un hombre con contradicciones típicas de su época también. Recuerdo cuando me dijo que ra demasiado mayor para jugar con él. Y aunque nunca había sigo practicante, las ideas de pecados cortaron nuestras rutinas y cortaron el contacto físico, dejándome huérfana de mis abrazos largos y siestas en el sofá apoyada en su tripa/altzo. Rudo, y muy cuadrado, muy correcto, imagino que por la época que le tocó. Fue curioso verle en sus últimos años, cuidando de Trash y disfrutando de los paseos con ella. Curioso verle babear con mis peques, sobre todo con Kroko. Sonrío al recordar como lo miraba en su cuna, como siempre hacíamos la broma de que un día lo iba a encontrar dentro de la mini cuna J sus últimos días en el hospital, consumido, con respiración costosa y aferrándose a mi mano me ofrecieron una imagen de él que no conocía. Tengo la sensación, y el consuelo quizás, que esos ratos, pude cuidar a ese niño de ojos azules, pude darle esa seguridad que él me dio durante tantos años. Pude hablar y reconciliarme con el mundo por tanto dolor que tuvo que pasar. Vi esos ojos azules, transparentes y sin palabras y sin voz, que decían tanto. Y yo hablé por los dos. Nos dimos permisos y perdones, nos liberamos de toda culpa y responsabilidad, y aligeramos mochilas y dimos gracias por la relación que habíamos tenido, por habernos tenido uno en la vida del otro, con nuestras cosas, pero sobre todo con nuestro amor.

Y me doy cuenta de que esa mirada azul seguirá en mí. Esa última mirada limpia y trabsparente, esa mirada de adiós, libre, agradecida y liviana. Y cada vez que pase por Gernika me seguiré acordando de él. Y hablaré a Kroko y Ruru de él y de los niños de la guerra. Y de los valores que defendió. Y de cómo los quiso el tiempo que coincidieron en este mundo. Maite zaitut, zauden tokian zaudela. 

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